Google Glass: su funcionamiento

Google ha mostrado un vídeo para explicar el funcionamiento táctil de sus gafas Glass. Bastan ligeras pulsaciones sobre la varilla para que se ejecuten funciones básicas, como la agenda, mapas o información del tiempo.

En el mejor lanzamiento de la historia de Google, solo equiparable a los que solía realizar Apple con sus aparatos, Google Glass suelta una noticia cada día. Esta vez son las fotos realizadas por empleados del proyecto, como Sophie Yang y Steve Lee, que han colgado en Internet las imágenes disparadas con su gafas.

Mientras que la de Sophie Yang deja mucho que desear, movida y en el interior de la oficina, Steve Lee ha disparado, sin manos, mientras conducía por las calles de San Francisco.

Otra de las fotos, según ha publicado Techcrunch, mostraba un mensaje de Twitter por lo que se deduce que ya hay una aplicación para recibir en el monóculo los mensajes instantáneos de las redes sociales.

Dentro de 15 días, Google reunirá a sus desarrolladores en San Francisco para explicarles las novedades, proyectos y próximos lanzamientos tanto de software, como el sistema operativo Android 5.0 Key Lime Pie, como de aparatos.

La inminente presentación popular de las gafas -que sin duda también protagonizarán la conferencia de desarrolladores- también ha llamado la atención de inversores y escritores, relacionados todos con los avances tecnológicos. Es el caso del inventor del primer navegador, Netscape, Marc Andresen, que ahora se dedica a invertir su dinero y que ha creado un fondo para proyectos relacionados con Google Glass.

Estas gafas también han excitado la curiosidad del escritor de ciencia ficción William Gibson, quien, sin embargo, según un tuit, publicado hoy, se muestra más interesado en cómo la gente emplea las nuevas tecnologías, que en la tecnología por sí misma.

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InQBarna, el triunfo español en la App Store

Seis ingenieros de telecomunicación decidieron en 2009 —año II de la crisis— poner en marcha una empresa dedicada a las aplicaciones, InQBarna.

“Al principio éramos seis y ahora somos 15”, cuenta orgulloso Nacho Sánchez, uno de los socios fundadores. “Ya no solo somos profesionales de telecomunicaciones, ahora ya hay informáticos, diseñadores gráficos y profesionales del márketing, con lo que ha mejorado la calidad de nuestro trabajo”. InQBarna desarrolla aplicaciones para todo tipo de aparatos y sistemas móviles, iPhone, iPad, Android y Windows Phone.

La especialización de InQBarna es musical. El 95% de las descargas de sus creaciones son musicales, como las exitosas TunerTool, el afinador gratuito de guitarra para iPhone, y Deej, la aplicación de pago para mezclar música como un DJ desde cualquier aparato.

Con la versión 3.3 Deej ha aumentado un 322% sus descargas respecto a 2012. Durante los primeros meses del año la aplicación se colocó líder de la App Store como la aplicación de pago más descargada en Estados Unidos, Reino Unido, España, Alemania, Australia o Japón y así hasta en 28 países.

InQBarna prepara para finales de mes el lanzamiento de su nuevo programa musical: Splyce, una aplicación muy visual, dirigida a los aficionados.

La diferencia respecto a Deej es que no está orientada a profesionales y su funcionalidad es mucho más sencilla. “Splyce tiene un enfoque popular, para que todo el mundo pueda utilizarla sin necesidad de tener conocimientos musicales. Es un recurso genial para las fiestas”, explica Sánchez.

InQBarna también tiene aplicaciones de otros campos, que se les han ocurrido a ellos o que las realizan por encargo. Entre ellas destacan Lext Talk, con la que gente aprende idiomas a través de sus aparatos móviles; o FCB WorldTap, dedicada al Fútbol Club Barcelona, Rac105 Radio, de la emisora de radio catalana, o To the farm!, una aplicación para el desarrollo del lenguaje de los niños.

La empresa también ha conseguido entrar en otros países, con aplis como Nice City Pass. Se trata de una apli que aglutina información en tiempo real de absolutamente todos los medios de transporte y plazas de aparcamiento que hay en Niza.

Gracias a su diversificación por temas y países, InQBarna sigue creciendo. Si 2012 lo cerró con un aumento de la facturación del 120%, en el primer trimestre de 2013, la empresa ha aumentado en un 36% el número de descargas, rozando los tres millones. La previsión de crecimiento en producto propio para 2013 es del 200%.

“De momento el sector sigue creciendo, aunque somos conscientes de que, como todo, en algún momento se acabará saturando”, dice Nacho Sánchez, “pero mientras podamos seguiremos trabajando duro”.

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Culpables por crédulos

El martes pasado fue un día relativamente normal en Estados Unidos hasta las 13.07, y lo siguió siendo un cuarto de hora después. Lo que pasó entremedias, durante 360 inexplicables segundos, tiene pocos precedentes en la historia de la primera potencia mundial. A las 13.07, hora estadounidense, la agencia de información Associated Press anunció en su cuenta de Twitter: “Última hora: dos explosiones en la Casa Blanca y el presidente Obama está herido”. Eran solo 12 palabras, pero ninguna invitaba a la calma. A las 13.08, la Bolsa de Nueva York reaccionó con pánico y de forma instantánea a la noticia, debido al peso que tienen las operaciones realizadas por ordenadores en Wall Street. Los autómatas, que ya realizan el 50% de las operaciones en el parqué neoyorquino, usan programas algorítmicos que solo se atienen a series estadísticas y datos. No tienen capacidad para verificar las informaciones. El Dow Jones, el índice bursátil más importante del mundo, llegó a desplomarse un 1% en cuestión de segundos. A las 13.09, empezó a circular el rumor de que el tuit de Associated Press era falso. A las 13.13, las órdenes de venta de títulos pararon. El Dow Jones recuperó los puntos perdidos y las cosas volvieron a la normalidad.

Solo que no era la misma normalidad que antes. El incidente había tenido un origen tangible: alguien había pirateado la cuenta de Twitter de Associated Press y había publicado el tuit que sembró el caos en los mercados. Algo aparentemente fácil de repetir. Los hechos pusieron además en evidencia los puntos flacos de varias instituciones. Por ponerlo en perspectiva: alguien había irrumpido en una de las cuentas informativas con mayor credibilidad de la red para noticias de última hora; había cobrado la voz de una de las agencias más respetadas del mundo; había hecho creer a varias personas que la mismísima Casa Blanca estaba en peligro y el político más influyente del planeta, herido. Y había hecho que Wall Street se comportara, al menos durante unos momentos, como si todo aquello fuera verdad.

“Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad. El público, los periodistas y los responsables de las plataformas sobre las que se propagó el rumor”, recrimina Dan Gillmor, profesor de información digital en la Universidad de Arizona y respetado analista de medios digitales gracias a sus columnas de The Guardian y a libros como Nosotros, el medio. “Algunos más que otros. El público, en particular, es culpable de una falta de escepticismo”.

Esto es cierto en lo que toca a la parte social de la historia. Pero la parte más peligrosa y palpable del suceso se caracteriza por una irremediable ausencia de inteligencia humana: los inversores que entraron en pánico y desestabilizaron los mercados durante cuatro minutos no eran personas, sino ordenadores. Máquinas mucho más avanzadas que las que llevan décadas cotejando miles de datos para ayudar a los brókeres a dirimir qué vender y qué comprar. Inteligencias, en definitiva, más agresivas y más inestables. “Lo del martes lo provocaron algoritmos diseñados para leer e interpretar noticias”, explica Irene Aldridge, consultora de fondos de inversión y autora del libro ‘Transacciones de alta frecuencia, una guía sobre este tipo de transacciones algorítmicas’. “A un ordenador le resulta legible casi todo lo que se publica en la Red, así que es fácil enseñarle a reaccionar a asuntos de última hora. La agencia Reuters y Dow Jones venden, con gran éxito, un suministro constante de noticias de las que estos algoritmos pueden sonsacar el qué, el dónde, el quién y el cómo y reaccionar como se les haya programado”.

Hace unos años irrumpió una novedad: el suministro de noticias de Reuters amplió sus fuentes a cuatro millones de páginas provenientes de redes sociales. Ahí están, al fin y al cabo, las noticias más recientes hoy en día. Los ordenadores necesitaban guiarse por ellas. Pero también pueden dejarse llevar por sus mentiras.

Wall Street no es ajena a los bulos. A finales de 2000, un hombre llamado Mark Simeon Jakob fue encarcelado por fraude tras inventarse un comunicado de prensa de apariencia creíble contra la empresa Emulex. Su actuación costó 110 millones de dólares (84 millones de euros) a los inversores. Y un rumor sobre la posible muerte de Steve Jobs originado en 2008, tres años antes del verdadero deceso, en uno de los foros de periodistas urbanos de la web de CNN provocó que el valor de Apple se desplomara durante 12 minutos. Pero nunca tanta gente había actuado como si una mentira tan grande fuese verdad. “Es el clásico compra con el rumor y vende con la noticia”, señala Salvador Mas, director general de OpenFinance, una empresa de software financiero. “Los buscadores todavía no saben diferenciar una broma de un acontecimiento y reaccionan de igual manera ante todo: compran o venden. Lo más lógico es programarlo para que reaccione a palabras como Casa Blanca, explosión, Obama o herido. Con esto, unos empiezan a vender acciones y otros, programados para vender las suyas cuando un valor descienda hasta un cierto número, siguen cavando el hoyo en el gráfico. Visto así, el tuit estaba claramente diseñado para engañar a las máquinas”.

Esta obra maestra de la fechoría electrónica no tiene todavía autor confirmado. Solo una cuenta ha reclamado su autoría, que tendrá que confirmar una de las tres agencias federales a las que se ha encargado la investigación: @Official_SEA6, la sexta intentona de un colectivo de avezados hackers llamado Ejército Electrónico Sirio (EES) de permanecer en Twitter tras ser bloqueados cinco veces por la red social. El bloqueo es algo común en cuentas como las suyas, dedicadas a la guerra electrónica entre Gobiernos o activistas.

“El EES es parecido a otros grupos como los que se pueden encontrar en Bahréin, Egipto, Marruecos. Con una salvedad: cuentan con la indisimulada aprobación del Gobierno sirio, si es que no están directamente vinculados con él”, explica Jillian C. York, directora del Instituto por la Libertad de Expresión Internacional en la Fundación Electronic Frontier de San Francisco. “Sus servidores solían estar en la Sociedad Informática Siria, que presidía el presidente Bachar el Asad en los noventa. Y su régimen ha reconocido al EES como su ejército virtual en el ciberespacio”.

El objetivo del EES es, efectivamente, alinear las noticias que Occidente recibe de Siria con la visión del régimen de El Asad: que la rebelión que enfrenta al pueblo con su Gobierno es, en realidad, una insurgencia terrorista. A tal fin, amén de hackear webs de quienes consideran sus enemigos para publicar su información, el EES ha estado infiltrándose en las cuentas de Twitter de varias organizaciones periodísticas, generalmente para difundir en ellas enlaces de sospechosa veracidad. Solo en el último año le ha ocurrido a la cadena CBS, la radio pública NPR, la BBC y a algunas cuentas del diario The Guardian durante este mismo fin de semana. También han penetrado en la cuenta de la cadena ABC para divulgar una noticia titulada Vivo en Siria, amor a Bachar el Asad. O en las cuentas de la FIFA y su presidente, Joseph Blatter, para publicar tuits en los que acusaba al directivo de corrupción.

De ser suyo el ataque sufrido por la agencia de noticias AP, no solo sería el más grande que hayan cometido, sino el primero abiertamente malicioso. Lo que deja a las instituciones afectadas en una posición especialmente vulnerable es que es imposible determinar si es un triunfo aislado o el comienzo de una escalada en sus filas. “Está claro que el EES no centraliza sus acciones, al igual que Anonymous [el sello bajo el que se amparan varios grupos de activistas online para justificar reivindicaciones impulsadas individualmente]”, prosigue York. Y opina: “El objetivo tras este hackeo parece ser el de llamar la atención sobre su causa. De la misma forma que un atentado terrorista que se comete en un país del Tercer Mundo atrae la atención sobre la causa de sus autores”.

Quizá lo más inquietante es que, pese al impacto que tuvo el ataque en los mercados, fue una operación llamativamente simple. Mike Baker, un redactor de Associated Press, tuiteó una posible teoría al poco de producirse: “Hace menos de una hora, algunos de nosotros [los trabajadores de la agencia] habíamos recibido correo de phishing pasmosamente encubierto”. La técnica del phishing no requiere de tecnología avanzada. Consiste en hacerle llegar a alguien un correo con un enlace y convencerle de que pinche en él. Para ello se suelen disfrazar los correos con argucias como logotipos falsos y fines oficiales que hagan parecer que el usuario no tiene alternativa. Una vez pinchado el enlace, el hacker puede forzar que se instale un software y acceder, así, al ordenador en cuestión. Correos así se escriben a diario con fines mucho más modestos.

Claro que el tamaño no es algo que importe en Twitter. Hackear la cuenta de una de las fuentes de información más reputadas del mundo no es más difícil que hacerlo en la de un usuario corriente. Hace tiempo que las grandes empresas y los expertos en seguridad lamentan esta situación. Google y Facebook ofrecen, desde hace años, una alternativa: una segunda clave de seguridad para las cuentas grandes que dificulta el pirateo de forma probada. Apple hizo lo mismo en marzo y Microsoft, la semana pasada. “Es algo muy extendido. Pero hay costes como exasperar al usuario”, explicaba hace poco Mark Risher, cofundador de Imperium, una empresa que asesora a las redes sociales, a The New York Times en un reportaje sobre el tema. “Puedes llenar la puerta principal de cerrojos, pero ya verás cómo te desesperan cada vez que vayas a hacer la compra”.

Todo esto es el resultado de una noticia. Falsa, pero aireada por una cabecera profesional. Y Gillmor encuentra en el aspecto periodístico del acontecimiento una fábula sobre el poder de los bulos en la era digital: una empresa periodística, que ya de por sí va a la carrera para gestionar un volumen creciente de información a gran rapidez, y que ya de por sí es vulnerable a los hackers, se suma a una plataforma aún más vulnerable. El resultado, prosigue, es un bulo indistinguible de la información real que provoca un desplome bursátil en cuestión de segundos y el intercambio de miles de millones de euros. “Algo así volverá pasar; será un hackeo o será un fallo proveniente de la empresa periodística”, alerta. “El público tiene que asumir su trabajo; ejercer su capacidad para no ser engañado y no sumarse a la inmediatez de los medios y mantenerse escépticos porque estos fallos son inevitables”.

Las 12 palabras del tuit podrían haber estado diseñadas para asustar a los logaritmos de Wall Street en nanosegundos. Pero fue la reacción humana de los brókeres lo que reencauzó el drama. Con los lectores, a final de cuentas únicos seres invariablemente humanos en la era digital, pasa lo mismo. “El poder de detener los bulos está en ellos”.

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Culpables por crédulos

El martes pasado fue un día relativamente normal en Estados Unidos hasta las 13.07, y lo siguió siendo un cuarto de hora después. Lo que pasó entremedias, durante 360 inexplicables segundos, tiene pocos precedentes en la historia de la primera potencia mundial. A las 13.07, hora estadounidense, la agencia de información Associated Press anunció en su cuenta de Twitter: “Última hora: dos explosiones en la Casa Blanca y el presidente Obama está herido”. Eran solo 12 palabras, pero ninguna invitaba a la calma. A las 13.08, la Bolsa de Nueva York reaccionó con pánico y de forma instantánea a la noticia, debido al peso que tienen las operaciones realizadas por ordenadores en Wall Street. Los autómatas, que ya realizan el 50% de las operaciones en el parqué neoyorquino, usan programas algorítmicos que solo se atienen a series estadísticas y datos. No tienen capacidad para verificar las informaciones. El Dow Jones, el índice bursátil más importante del mundo, llegó a desplomarse un 1% en cuestión de segundos. A las 13.09, empezó a circular el rumor de que el tuit de Associated Press era falso. A las 13.13, las órdenes de venta de títulos pararon. El Dow Jones recuperó los puntos perdidos y las cosas volvieron a la normalidad.

Solo que no era la misma normalidad que antes. El incidente había tenido un origen tangible: alguien había pirateado la cuenta de Twitter de Associated Press y había publicado el tuit que sembró el caos en los mercados. Algo aparentemente fácil de repetir. Los hechos pusieron además en evidencia los puntos flacos de varias instituciones. Por ponerlo en perspectiva: alguien había irrumpido en una de las cuentas informativas con mayor credibilidad de la red para noticias de última hora; había cobrado la voz de una de las agencias más respetadas del mundo; había hecho creer a varias personas que la mismísima Casa Blanca estaba en peligro y el político más influyente del planeta, herido. Y había hecho que Wall Street se comportara, al menos durante unos momentos, como si todo aquello fuera verdad.

“Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad. El público, los periodistas y los responsables de las plataformas sobre las que se propagó el rumor”, recrimina Dan Gillmor, profesor de información digital en la Universidad de Arizona y respetado analista de medios digitales gracias a sus columnas de The Guardian y a libros como Nosotros, el medio. “Algunos más que otros. El público, en particular, es culpable de una falta de escepticismo”.

Esto es cierto en lo que toca a la parte social de la historia. Pero la parte más peligrosa y palpable del suceso se caracteriza por una irremediable ausencia de inteligencia humana: los inversores que entraron en pánico y desestabilizaron los mercados durante cuatro minutos no eran personas, sino ordenadores. Máquinas mucho más avanzadas que las que llevan décadas cotejando miles de datos para ayudar a los brókeres a dirimir qué vender y qué comprar. Inteligencias, en definitiva, más agresivas y más inestables. “Lo del martes lo provocaron algoritmos diseñados para leer e interpretar noticias”, explica Irene Aldridge, consultora de fondos de inversión y autora del libro ‘Transacciones de alta frecuencia, una guía sobre este tipo de transacciones algorítmicas’. “A un ordenador le resulta legible casi todo lo que se publica en la Red, así que es fácil enseñarle a reaccionar a asuntos de última hora. La agencia Reuters y Dow Jones venden, con gran éxito, un suministro constante de noticias de las que estos algoritmos pueden sonsacar el qué, el dónde, el quién y el cómo y reaccionar como se les haya programado”.

Hace unos años irrumpió una novedad: el suministro de noticias de Reuters amplió sus fuentes a cuatro millones de páginas provenientes de redes sociales. Ahí están, al fin y al cabo, las noticias más recientes hoy en día. Los ordenadores necesitaban guiarse por ellas. Pero también pueden dejarse llevar por sus mentiras.

Wall Street no es ajena a los bulos. A finales de 2000, un hombre llamado Mark Simeon Jakob fue encarcelado por fraude tras inventarse un comunicado de prensa de apariencia creíble contra la empresa Emulex. Su actuación costó 110 millones de dólares (84 millones de euros) a los inversores. Y un rumor sobre la posible muerte de Steve Jobs originado en 2008, tres años antes del verdadero deceso, en uno de los foros de periodistas urbanos de la web de CNN provocó que el valor de Apple se desplomara durante 12 minutos. Pero nunca tanta gente había actuado como si una mentira tan grande fuese verdad. “Es el clásico compra con el rumor y vende con la noticia”, señala Salvador Mas, director general de OpenFinance, una empresa de software financiero. “Los buscadores todavía no saben diferenciar una broma de un acontecimiento y reaccionan de igual manera ante todo: compran o venden. Lo más lógico es programarlo para que reaccione a palabras como Casa Blanca, explosión, Obama o herido. Con esto, unos empiezan a vender acciones y otros, programados para vender las suyas cuando un valor descienda hasta un cierto número, siguen cavando el hoyo en el gráfico. Visto así, el tuit estaba claramente diseñado para engañar a las máquinas”.

Esta obra maestra de la fechoría electrónica no tiene todavía autor confirmado. Solo una cuenta ha reclamado su autoría, que tendrá que confirmar una de las tres agencias federales a las que se ha encargado la investigación: @Official_SEA6, la sexta intentona de un colectivo de avezados hackers llamado Ejército Electrónico Sirio (EES) de permanecer en Twitter tras ser bloqueados cinco veces por la red social. El bloqueo es algo común en cuentas como las suyas, dedicadas a la guerra electrónica entre Gobiernos o activistas.

“El EES es parecido a otros grupos como los que se pueden encontrar en Bahréin, Egipto, Marruecos. Con una salvedad: cuentan con la indisimulada aprobación del Gobierno sirio, si es que no están directamente vinculados con él”, explica Jillian C. York, directora del Instituto por la Libertad de Expresión Internacional en la Fundación Electronic Frontier de San Francisco. “Sus servidores solían estar en la Sociedad Informática Siria, que presidía el presidente Bachar el Asad en los noventa. Y su régimen ha reconocido al EES como su ejército virtual en el ciberespacio”.

El objetivo del EES es, efectivamente, alinear las noticias que Occidente recibe de Siria con la visión del régimen de El Asad: que la rebelión que enfrenta al pueblo con su Gobierno es, en realidad, una insurgencia terrorista. A tal fin, amén de hackear webs de quienes consideran sus enemigos para publicar su información, el EES ha estado infiltrándose en las cuentas de Twitter de varias organizaciones periodísticas, generalmente para difundir en ellas enlaces de sospechosa veracidad. Solo en el último año le ha ocurrido a la cadena CBS, la radio pública NPR, la BBC y a algunas cuentas del diario The Guardian durante este mismo fin de semana. También han penetrado en la cuenta de la cadena ABC para divulgar una noticia titulada Vivo en Siria, amor a Bachar el Asad. O en las cuentas de la FIFA y su presidente, Joseph Blatter, para publicar tuits en los que acusaba al directivo de corrupción.

De ser suyo el ataque sufrido por la agencia de noticias AP, no solo sería el más grande que hayan cometido, sino el primero abiertamente malicioso. Lo que deja a las instituciones afectadas en una posición especialmente vulnerable es que es imposible determinar si es un triunfo aislado o el comienzo de una escalada en sus filas. “Está claro que el EES no centraliza sus acciones, al igual que Anonymous [el sello bajo el que se amparan varios grupos de activistas online para justificar reivindicaciones impulsadas individualmente]”, prosigue York. Y opina: “El objetivo tras este hackeo parece ser el de llamar la atención sobre su causa. De la misma forma que un atentado terrorista que se comete en un país del Tercer Mundo atrae la atención sobre la causa de sus autores”.

Quizá lo más inquietante es que, pese al impacto que tuvo el ataque en los mercados, fue una operación llamativamente simple. Mike Baker, un redactor de Associated Press, tuiteó una posible teoría al poco de producirse: “Hace menos de una hora, algunos de nosotros [los trabajadores de la agencia] habíamos recibido correo de phishing pasmosamente encubierto”. La técnica del phishing no requiere de tecnología avanzada. Consiste en hacerle llegar a alguien un correo con un enlace y convencerle de que pinche en él. Para ello se suelen disfrazar los correos con argucias como logotipos falsos y fines oficiales que hagan parecer que el usuario no tiene alternativa. Una vez pinchado el enlace, el hacker puede forzar que se instale un software y acceder, así, al ordenador en cuestión. Correos así se escriben a diario con fines mucho más modestos.

Claro que el tamaño no es algo que importe en Twitter. Hackear la cuenta de una de las fuentes de información más reputadas del mundo no es más difícil que hacerlo en la de un usuario corriente. Hace tiempo que las grandes empresas y los expertos en seguridad lamentan esta situación. Google y Facebook ofrecen, desde hace años, una alternativa: una segunda clave de seguridad para las cuentas grandes que dificulta el pirateo de forma probada. Apple hizo lo mismo en marzo y Microsoft, la semana pasada. “Es algo muy extendido. Pero hay costes como exasperar al usuario”, explicaba hace poco Mark Risher, cofundador de Imperium, una empresa que asesora a las redes sociales, a The New York Times en un reportaje sobre el tema. “Puedes llenar la puerta principal de cerrojos, pero ya verás cómo te desesperan cada vez que vayas a hacer la compra”.

Todo esto es el resultado de una noticia. Falsa, pero aireada por una cabecera profesional. Y Gillmor encuentra en el aspecto periodístico del acontecimiento una fábula sobre el poder de los bulos en la era digital: una empresa periodística, que ya de por sí va a la carrera para gestionar un volumen creciente de información a gran rapidez, y que ya de por sí es vulnerable a los hackers, se suma a una plataforma aún más vulnerable. El resultado, prosigue, es un bulo indistinguible de la información real que provoca un desplome bursátil en cuestión de segundos y el intercambio de miles de millones de euros. “Algo así volverá pasar; será un hackeo o será un fallo proveniente de la empresa periodística”, alerta. “El público tiene que asumir su trabajo; ejercer su capacidad para no ser engañado y no sumarse a la inmediatez de los medios y mantenerse escépticos porque estos fallos son inevitables”.

Las 12 palabras del tuit podrían haber estado diseñadas para asustar a los logaritmos de Wall Street en nanosegundos. Pero fue la reacción humana de los brókeres lo que reencauzó el drama. Con los lectores, a final de cuentas únicos seres invariablemente humanos en la era digital, pasa lo mismo. “El poder de detener los bulos está en ellos”.

FUENTE

Culpables por crédulos

El martes pasado fue un día relativamente normal en Estados Unidos hasta las 13.07, y lo siguió siendo un cuarto de hora después. Lo que pasó entremedias, durante 360 inexplicables segundos, tiene pocos precedentes en la historia de la primera potencia mundial. A las 13.07, hora estadounidense, la agencia de información Associated Press anunció en su cuenta de Twitter: “Última hora: dos explosiones en la Casa Blanca y el presidente Obama está herido”. Eran solo 12 palabras, pero ninguna invitaba a la calma. A las 13.08, la Bolsa de Nueva York reaccionó con pánico y de forma instantánea a la noticia, debido al peso que tienen las operaciones realizadas por ordenadores en Wall Street. Los autómatas, que ya realizan el 50% de las operaciones en el parqué neoyorquino, usan programas algorítmicos que solo se atienen a series estadísticas y datos. No tienen capacidad para verificar las informaciones. El Dow Jones, el índice bursátil más importante del mundo, llegó a desplomarse un 1% en cuestión de segundos. A las 13.09, empezó a circular el rumor de que el tuit de Associated Press era falso. A las 13.13, las órdenes de venta de títulos pararon. El Dow Jones recuperó los puntos perdidos y las cosas volvieron a la normalidad.

Solo que no era la misma normalidad que antes. El incidente había tenido un origen tangible: alguien había pirateado la cuenta de Twitter de Associated Press y había publicado el tuit que sembró el caos en los mercados. Algo aparentemente fácil de repetir. Los hechos pusieron además en evidencia los puntos flacos de varias instituciones. Por ponerlo en perspectiva: alguien había irrumpido en una de las cuentas informativas con mayor credibilidad de la red para noticias de última hora; había cobrado la voz de una de las agencias más respetadas del mundo; había hecho creer a varias personas que la mismísima Casa Blanca estaba en peligro y el político más influyente del planeta, herido. Y había hecho que Wall Street se comportara, al menos durante unos momentos, como si todo aquello fuera verdad.

“Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad. El público, los periodistas y los responsables de las plataformas sobre las que se propagó el rumor”, recrimina Dan Gillmor, profesor de información digital en la Universidad de Arizona y respetado analista de medios digitales gracias a sus columnas de The Guardian y a libros como Nosotros, el medio. “Algunos más que otros. El público, en particular, es culpable de una falta de escepticismo”.

Esto es cierto en lo que toca a la parte social de la historia. Pero la parte más peligrosa y palpable del suceso se caracteriza por una irremediable ausencia de inteligencia humana: los inversores que entraron en pánico y desestabilizaron los mercados durante cuatro minutos no eran personas, sino ordenadores. Máquinas mucho más avanzadas que las que llevan décadas cotejando miles de datos para ayudar a los brókeres a dirimir qué vender y qué comprar. Inteligencias, en definitiva, más agresivas y más inestables. “Lo del martes lo provocaron algoritmos diseñados para leer e interpretar noticias”, explica Irene Aldridge, consultora de fondos de inversión y autora del libro ‘Transacciones de alta frecuencia, una guía sobre este tipo de transacciones algorítmicas’. “A un ordenador le resulta legible casi todo lo que se publica en la Red, así que es fácil enseñarle a reaccionar a asuntos de última hora. La agencia Reuters y Dow Jones venden, con gran éxito, un suministro constante de noticias de las que estos algoritmos pueden sonsacar el qué, el dónde, el quién y el cómo y reaccionar como se les haya programado”.

Hace unos años irrumpió una novedad: el suministro de noticias de Reuters amplió sus fuentes a cuatro millones de páginas provenientes de redes sociales. Ahí están, al fin y al cabo, las noticias más recientes hoy en día. Los ordenadores necesitaban guiarse por ellas. Pero también pueden dejarse llevar por sus mentiras.

Wall Street no es ajena a los bulos. A finales de 2000, un hombre llamado Mark Simeon Jakob fue encarcelado por fraude tras inventarse un comunicado de prensa de apariencia creíble contra la empresa Emulex. Su actuación costó 110 millones de dólares (84 millones de euros) a los inversores. Y un rumor sobre la posible muerte de Steve Jobs originado en 2008, tres años antes del verdadero deceso, en uno de los foros de periodistas urbanos de la web de CNN provocó que el valor de Apple se desplomara durante 12 minutos. Pero nunca tanta gente había actuado como si una mentira tan grande fuese verdad. “Es el clásico compra con el rumor y vende con la noticia”, señala Salvador Mas, director general de OpenFinance, una empresa de software financiero. “Los buscadores todavía no saben diferenciar una broma de un acontecimiento y reaccionan de igual manera ante todo: compran o venden. Lo más lógico es programarlo para que reaccione a palabras como Casa Blanca, explosión, Obama o herido. Con esto, unos empiezan a vender acciones y otros, programados para vender las suyas cuando un valor descienda hasta un cierto número, siguen cavando el hoyo en el gráfico. Visto así, el tuit estaba claramente diseñado para engañar a las máquinas”.

Esta obra maestra de la fechoría electrónica no tiene todavía autor confirmado. Solo una cuenta ha reclamado su autoría, que tendrá que confirmar una de las tres agencias federales a las que se ha encargado la investigación: @Official_SEA6, la sexta intentona de un colectivo de avezados hackers llamado Ejército Electrónico Sirio (EES) de permanecer en Twitter tras ser bloqueados cinco veces por la red social. El bloqueo es algo común en cuentas como las suyas, dedicadas a la guerra electrónica entre Gobiernos o activistas.

“El EES es parecido a otros grupos como los que se pueden encontrar en Bahréin, Egipto, Marruecos. Con una salvedad: cuentan con la indisimulada aprobación del Gobierno sirio, si es que no están directamente vinculados con él”, explica Jillian C. York, directora del Instituto por la Libertad de Expresión Internacional en la Fundación Electronic Frontier de San Francisco. “Sus servidores solían estar en la Sociedad Informática Siria, que presidía el presidente Bachar el Asad en los noventa. Y su régimen ha reconocido al EES como su ejército virtual en el ciberespacio”.

El objetivo del EES es, efectivamente, alinear las noticias que Occidente recibe de Siria con la visión del régimen de El Asad: que la rebelión que enfrenta al pueblo con su Gobierno es, en realidad, una insurgencia terrorista. A tal fin, amén de hackear webs de quienes consideran sus enemigos para publicar su información, el EES ha estado infiltrándose en las cuentas de Twitter de varias organizaciones periodísticas, generalmente para difundir en ellas enlaces de sospechosa veracidad. Solo en el último año le ha ocurrido a la cadena CBS, la radio pública NPR, la BBC y a algunas cuentas del diario The Guardian durante este mismo fin de semana. También han penetrado en la cuenta de la cadena ABC para divulgar una noticia titulada Vivo en Siria, amor a Bachar el Asad. O en las cuentas de la FIFA y su presidente, Joseph Blatter, para publicar tuits en los que acusaba al directivo de corrupción.

De ser suyo el ataque sufrido por la agencia de noticias AP, no solo sería el más grande que hayan cometido, sino el primero abiertamente malicioso. Lo que deja a las instituciones afectadas en una posición especialmente vulnerable es que es imposible determinar si es un triunfo aislado o el comienzo de una escalada en sus filas. “Está claro que el EES no centraliza sus acciones, al igual que Anonymous [el sello bajo el que se amparan varios grupos de activistas online para justificar reivindicaciones impulsadas individualmente]”, prosigue York. Y opina: “El objetivo tras este hackeo parece ser el de llamar la atención sobre su causa. De la misma forma que un atentado terrorista que se comete en un país del Tercer Mundo atrae la atención sobre la causa de sus autores”.

Quizá lo más inquietante es que, pese al impacto que tuvo el ataque en los mercados, fue una operación llamativamente simple. Mike Baker, un redactor de Associated Press, tuiteó una posible teoría al poco de producirse: “Hace menos de una hora, algunos de nosotros [los trabajadores de la agencia] habíamos recibido correo de phishing pasmosamente encubierto”. La técnica del phishing no requiere de tecnología avanzada. Consiste en hacerle llegar a alguien un correo con un enlace y convencerle de que pinche en él. Para ello se suelen disfrazar los correos con argucias como logotipos falsos y fines oficiales que hagan parecer que el usuario no tiene alternativa. Una vez pinchado el enlace, el hacker puede forzar que se instale un software y acceder, así, al ordenador en cuestión. Correos así se escriben a diario con fines mucho más modestos.

Claro que el tamaño no es algo que importe en Twitter. Hackear la cuenta de una de las fuentes de información más reputadas del mundo no es más difícil que hacerlo en la de un usuario corriente. Hace tiempo que las grandes empresas y los expertos en seguridad lamentan esta situación. Google y Facebook ofrecen, desde hace años, una alternativa: una segunda clave de seguridad para las cuentas grandes que dificulta el pirateo de forma probada. Apple hizo lo mismo en marzo y Microsoft, la semana pasada. “Es algo muy extendido. Pero hay costes como exasperar al usuario”, explicaba hace poco Mark Risher, cofundador de Imperium, una empresa que asesora a las redes sociales, a The New York Times en un reportaje sobre el tema. “Puedes llenar la puerta principal de cerrojos, pero ya verás cómo te desesperan cada vez que vayas a hacer la compra”.

Todo esto es el resultado de una noticia. Falsa, pero aireada por una cabecera profesional. Y Gillmor encuentra en el aspecto periodístico del acontecimiento una fábula sobre el poder de los bulos en la era digital: una empresa periodística, que ya de por sí va a la carrera para gestionar un volumen creciente de información a gran rapidez, y que ya de por sí es vulnerable a los hackers, se suma a una plataforma aún más vulnerable. El resultado, prosigue, es un bulo indistinguible de la información real que provoca un desplome bursátil en cuestión de segundos y el intercambio de miles de millones de euros. “Algo así volverá pasar; será un hackeo o será un fallo proveniente de la empresa periodística”, alerta. “El público tiene que asumir su trabajo; ejercer su capacidad para no ser engañado y no sumarse a la inmediatez de los medios y mantenerse escépticos porque estos fallos son inevitables”.

Las 12 palabras del tuit podrían haber estado diseñadas para asustar a los logaritmos de Wall Street en nanosegundos. Pero fue la reacción humana de los brókeres lo que reencauzó el drama. Con los lectores, a final de cuentas únicos seres invariablemente humanos en la era digital, pasa lo mismo. “El poder de detener los bulos está en ellos”.

FUENTE

Culpables por crédulos

El martes pasado fue un día relativamente normal en Estados Unidos hasta las 13.07, y lo siguió siendo un cuarto de hora después. Lo que pasó entremedias, durante 360 inexplicables segundos, tiene pocos precedentes en la historia de la primera potencia mundial. A las 13.07, hora estadounidense, la agencia de información Associated Press anunció en su cuenta de Twitter: “Última hora: dos explosiones en la Casa Blanca y el presidente Obama está herido”. Eran solo 12 palabras, pero ninguna invitaba a la calma. A las 13.08, la Bolsa de Nueva York reaccionó con pánico y de forma instantánea a la noticia, debido al peso que tienen las operaciones realizadas por ordenadores en Wall Street. Los autómatas, que ya realizan el 50% de las operaciones en el parqué neoyorquino, usan programas algorítmicos que solo se atienen a series estadísticas y datos. No tienen capacidad para verificar las informaciones. El Dow Jones, el índice bursátil más importante del mundo, llegó a desplomarse un 1% en cuestión de segundos. A las 13.09, empezó a circular el rumor de que el tuit de Associated Press era falso. A las 13.13, las órdenes de venta de títulos pararon. El Dow Jones recuperó los puntos perdidos y las cosas volvieron a la normalidad.

Solo que no era la misma normalidad que antes. El incidente había tenido un origen tangible: alguien había pirateado la cuenta de Twitter de Associated Press y había publicado el tuit que sembró el caos en los mercados. Algo aparentemente fácil de repetir. Los hechos pusieron además en evidencia los puntos flacos de varias instituciones. Por ponerlo en perspectiva: alguien había irrumpido en una de las cuentas informativas con mayor credibilidad de la red para noticias de última hora; había cobrado la voz de una de las agencias más respetadas del mundo; había hecho creer a varias personas que la mismísima Casa Blanca estaba en peligro y el político más influyente del planeta, herido. Y había hecho que Wall Street se comportara, al menos durante unos momentos, como si todo aquello fuera verdad.

“Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad. El público, los periodistas y los responsables de las plataformas sobre las que se propagó el rumor”, recrimina Dan Gillmor, profesor de información digital en la Universidad de Arizona y respetado analista de medios digitales gracias a sus columnas de The Guardian y a libros como Nosotros, el medio. “Algunos más que otros. El público, en particular, es culpable de una falta de escepticismo”.

Esto es cierto en lo que toca a la parte social de la historia. Pero la parte más peligrosa y palpable del suceso se caracteriza por una irremediable ausencia de inteligencia humana: los inversores que entraron en pánico y desestabilizaron los mercados durante cuatro minutos no eran personas, sino ordenadores. Máquinas mucho más avanzadas que las que llevan décadas cotejando miles de datos para ayudar a los brókeres a dirimir qué vender y qué comprar. Inteligencias, en definitiva, más agresivas y más inestables. “Lo del martes lo provocaron algoritmos diseñados para leer e interpretar noticias”, explica Irene Aldridge, consultora de fondos de inversión y autora del libro ‘Transacciones de alta frecuencia, una guía sobre este tipo de transacciones algorítmicas’. “A un ordenador le resulta legible casi todo lo que se publica en la Red, así que es fácil enseñarle a reaccionar a asuntos de última hora. La agencia Reuters y Dow Jones venden, con gran éxito, un suministro constante de noticias de las que estos algoritmos pueden sonsacar el qué, el dónde, el quién y el cómo y reaccionar como se les haya programado”.

Hace unos años irrumpió una novedad: el suministro de noticias de Reuters amplió sus fuentes a cuatro millones de páginas provenientes de redes sociales. Ahí están, al fin y al cabo, las noticias más recientes hoy en día. Los ordenadores necesitaban guiarse por ellas. Pero también pueden dejarse llevar por sus mentiras.

Wall Street no es ajena a los bulos. A finales de 2000, un hombre llamado Mark Simeon Jakob fue encarcelado por fraude tras inventarse un comunicado de prensa de apariencia creíble contra la empresa Emulex. Su actuación costó 110 millones de dólares (84 millones de euros) a los inversores. Y un rumor sobre la posible muerte de Steve Jobs originado en 2008, tres años antes del verdadero deceso, en uno de los foros de periodistas urbanos de la web de CNN provocó que el valor de Apple se desplomara durante 12 minutos. Pero nunca tanta gente había actuado como si una mentira tan grande fuese verdad. “Es el clásico compra con el rumor y vende con la noticia”, señala Salvador Mas, director general de OpenFinance, una empresa de software financiero. “Los buscadores todavía no saben diferenciar una broma de un acontecimiento y reaccionan de igual manera ante todo: compran o venden. Lo más lógico es programarlo para que reaccione a palabras como Casa Blanca, explosión, Obama o herido. Con esto, unos empiezan a vender acciones y otros, programados para vender las suyas cuando un valor descienda hasta un cierto número, siguen cavando el hoyo en el gráfico. Visto así, el tuit estaba claramente diseñado para engañar a las máquinas”.

Esta obra maestra de la fechoría electrónica no tiene todavía autor confirmado. Solo una cuenta ha reclamado su autoría, que tendrá que confirmar una de las tres agencias federales a las que se ha encargado la investigación: @Official_SEA6, la sexta intentona de un colectivo de avezados hackers llamado Ejército Electrónico Sirio (EES) de permanecer en Twitter tras ser bloqueados cinco veces por la red social. El bloqueo es algo común en cuentas como las suyas, dedicadas a la guerra electrónica entre Gobiernos o activistas.

“El EES es parecido a otros grupos como los que se pueden encontrar en Bahréin, Egipto, Marruecos. Con una salvedad: cuentan con la indisimulada aprobación del Gobierno sirio, si es que no están directamente vinculados con él”, explica Jillian C. York, directora del Instituto por la Libertad de Expresión Internacional en la Fundación Electronic Frontier de San Francisco. “Sus servidores solían estar en la Sociedad Informática Siria, que presidía el presidente Bachar el Asad en los noventa. Y su régimen ha reconocido al EES como su ejército virtual en el ciberespacio”.

El objetivo del EES es, efectivamente, alinear las noticias que Occidente recibe de Siria con la visión del régimen de El Asad: que la rebelión que enfrenta al pueblo con su Gobierno es, en realidad, una insurgencia terrorista. A tal fin, amén de hackear webs de quienes consideran sus enemigos para publicar su información, el EES ha estado infiltrándose en las cuentas de Twitter de varias organizaciones periodísticas, generalmente para difundir en ellas enlaces de sospechosa veracidad. Solo en el último año le ha ocurrido a la cadena CBS, la radio pública NPR, la BBC y a algunas cuentas del diario The Guardian durante este mismo fin de semana. También han penetrado en la cuenta de la cadena ABC para divulgar una noticia titulada Vivo en Siria, amor a Bachar el Asad. O en las cuentas de la FIFA y su presidente, Joseph Blatter, para publicar tuits en los que acusaba al directivo de corrupción.

De ser suyo el ataque sufrido por la agencia de noticias AP, no solo sería el más grande que hayan cometido, sino el primero abiertamente malicioso. Lo que deja a las instituciones afectadas en una posición especialmente vulnerable es que es imposible determinar si es un triunfo aislado o el comienzo de una escalada en sus filas. “Está claro que el EES no centraliza sus acciones, al igual que Anonymous [el sello bajo el que se amparan varios grupos de activistas online para justificar reivindicaciones impulsadas individualmente]”, prosigue York. Y opina: “El objetivo tras este hackeo parece ser el de llamar la atención sobre su causa. De la misma forma que un atentado terrorista que se comete en un país del Tercer Mundo atrae la atención sobre la causa de sus autores”.

Quizá lo más inquietante es que, pese al impacto que tuvo el ataque en los mercados, fue una operación llamativamente simple. Mike Baker, un redactor de Associated Press, tuiteó una posible teoría al poco de producirse: “Hace menos de una hora, algunos de nosotros [los trabajadores de la agencia] habíamos recibido correo de phishing pasmosamente encubierto”. La técnica del phishing no requiere de tecnología avanzada. Consiste en hacerle llegar a alguien un correo con un enlace y convencerle de que pinche en él. Para ello se suelen disfrazar los correos con argucias como logotipos falsos y fines oficiales que hagan parecer que el usuario no tiene alternativa. Una vez pinchado el enlace, el hacker puede forzar que se instale un software y acceder, así, al ordenador en cuestión. Correos así se escriben a diario con fines mucho más modestos.

Claro que el tamaño no es algo que importe en Twitter. Hackear la cuenta de una de las fuentes de información más reputadas del mundo no es más difícil que hacerlo en la de un usuario corriente. Hace tiempo que las grandes empresas y los expertos en seguridad lamentan esta situación. Google y Facebook ofrecen, desde hace años, una alternativa: una segunda clave de seguridad para las cuentas grandes que dificulta el pirateo de forma probada. Apple hizo lo mismo en marzo y Microsoft, la semana pasada. “Es algo muy extendido. Pero hay costes como exasperar al usuario”, explicaba hace poco Mark Risher, cofundador de Imperium, una empresa que asesora a las redes sociales, a The New York Times en un reportaje sobre el tema. “Puedes llenar la puerta principal de cerrojos, pero ya verás cómo te desesperan cada vez que vayas a hacer la compra”.

Todo esto es el resultado de una noticia. Falsa, pero aireada por una cabecera profesional. Y Gillmor encuentra en el aspecto periodístico del acontecimiento una fábula sobre el poder de los bulos en la era digital: una empresa periodística, que ya de por sí va a la carrera para gestionar un volumen creciente de información a gran rapidez, y que ya de por sí es vulnerable a los hackers, se suma a una plataforma aún más vulnerable. El resultado, prosigue, es un bulo indistinguible de la información real que provoca un desplome bursátil en cuestión de segundos y el intercambio de miles de millones de euros. “Algo así volverá pasar; será un hackeo o será un fallo proveniente de la empresa periodística”, alerta. “El público tiene que asumir su trabajo; ejercer su capacidad para no ser engañado y no sumarse a la inmediatez de los medios y mantenerse escépticos porque estos fallos son inevitables”.

Las 12 palabras del tuit podrían haber estado diseñadas para asustar a los logaritmos de Wall Street en nanosegundos. Pero fue la reacción humana de los brókeres lo que reencauzó el drama. Con los lectores, a final de cuentas únicos seres invariablemente humanos en la era digital, pasa lo mismo. “El poder de detener los bulos está en ellos”.

FUENTE

Culpables por crédulos

El martes pasado fue un día relativamente normal en Estados Unidos hasta las 13.07, y lo siguió siendo un cuarto de hora después. Lo que pasó entremedias, durante 360 inexplicables segundos, tiene pocos precedentes en la historia de la primera potencia mundial. A las 13.07, hora estadounidense, la agencia de información Associated Press anunció en su cuenta de Twitter: “Última hora: dos explosiones en la Casa Blanca y el presidente Obama está herido”. Eran solo 12 palabras, pero ninguna invitaba a la calma. A las 13.08, la Bolsa de Nueva York reaccionó con pánico y de forma instantánea a la noticia, debido al peso que tienen las operaciones realizadas por ordenadores en Wall Street. Los autómatas, que ya realizan el 50% de las operaciones en el parqué neoyorquino, usan programas algorítmicos que solo se atienen a series estadísticas y datos. No tienen capacidad para verificar las informaciones. El Dow Jones, el índice bursátil más importante del mundo, llegó a desplomarse un 1% en cuestión de segundos. A las 13.09, empezó a circular el rumor de que el tuit de Associated Press era falso. A las 13.13, las órdenes de venta de títulos pararon. El Dow Jones recuperó los puntos perdidos y las cosas volvieron a la normalidad.

Solo que no era la misma normalidad que antes. El incidente había tenido un origen tangible: alguien había pirateado la cuenta de Twitter de Associated Press y había publicado el tuit que sembró el caos en los mercados. Algo aparentemente fácil de repetir. Los hechos pusieron además en evidencia los puntos flacos de varias instituciones. Por ponerlo en perspectiva: alguien había irrumpido en una de las cuentas informativas con mayor credibilidad de la red para noticias de última hora; había cobrado la voz de una de las agencias más respetadas del mundo; había hecho creer a varias personas que la mismísima Casa Blanca estaba en peligro y el político más influyente del planeta, herido. Y había hecho que Wall Street se comportara, al menos durante unos momentos, como si todo aquello fuera verdad.

“Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad. El público, los periodistas y los responsables de las plataformas sobre las que se propagó el rumor”, recrimina Dan Gillmor, profesor de información digital en la Universidad de Arizona y respetado analista de medios digitales gracias a sus columnas de The Guardian y a libros como Nosotros, el medio. “Algunos más que otros. El público, en particular, es culpable de una falta de escepticismo”.

Esto es cierto en lo que toca a la parte social de la historia. Pero la parte más peligrosa y palpable del suceso se caracteriza por una irremediable ausencia de inteligencia humana: los inversores que entraron en pánico y desestabilizaron los mercados durante cuatro minutos no eran personas, sino ordenadores. Máquinas mucho más avanzadas que las que llevan décadas cotejando miles de datos para ayudar a los brókeres a dirimir qué vender y qué comprar. Inteligencias, en definitiva, más agresivas y más inestables. “Lo del martes lo provocaron algoritmos diseñados para leer e interpretar noticias”, explica Irene Aldridge, consultora de fondos de inversión y autora del libro ‘Transacciones de alta frecuencia, una guía sobre este tipo de transacciones algorítmicas’. “A un ordenador le resulta legible casi todo lo que se publica en la Red, así que es fácil enseñarle a reaccionar a asuntos de última hora. La agencia Reuters y Dow Jones venden, con gran éxito, un suministro constante de noticias de las que estos algoritmos pueden sonsacar el qué, el dónde, el quién y el cómo y reaccionar como se les haya programado”.

Hace unos años irrumpió una novedad: el suministro de noticias de Reuters amplió sus fuentes a cuatro millones de páginas provenientes de redes sociales. Ahí están, al fin y al cabo, las noticias más recientes hoy en día. Los ordenadores necesitaban guiarse por ellas. Pero también pueden dejarse llevar por sus mentiras.

Wall Street no es ajena a los bulos. A finales de 2000, un hombre llamado Mark Simeon Jakob fue encarcelado por fraude tras inventarse un comunicado de prensa de apariencia creíble contra la empresa Emulex. Su actuación costó 110 millones de dólares (84 millones de euros) a los inversores. Y un rumor sobre la posible muerte de Steve Jobs originado en 2008, tres años antes del verdadero deceso, en uno de los foros de periodistas urbanos de la web de CNN provocó que el valor de Apple se desplomara durante 12 minutos. Pero nunca tanta gente había actuado como si una mentira tan grande fuese verdad. “Es el clásico compra con el rumor y vende con la noticia”, señala Salvador Mas, director general de OpenFinance, una empresa de software financiero. “Los buscadores todavía no saben diferenciar una broma de un acontecimiento y reaccionan de igual manera ante todo: compran o venden. Lo más lógico es programarlo para que reaccione a palabras como Casa Blanca, explosión, Obama o herido. Con esto, unos empiezan a vender acciones y otros, programados para vender las suyas cuando un valor descienda hasta un cierto número, siguen cavando el hoyo en el gráfico. Visto así, el tuit estaba claramente diseñado para engañar a las máquinas”.

Esta obra maestra de la fechoría electrónica no tiene todavía autor confirmado. Solo una cuenta ha reclamado su autoría, que tendrá que confirmar una de las tres agencias federales a las que se ha encargado la investigación: @Official_SEA6, la sexta intentona de un colectivo de avezados hackers llamado Ejército Electrónico Sirio (EES) de permanecer en Twitter tras ser bloqueados cinco veces por la red social. El bloqueo es algo común en cuentas como las suyas, dedicadas a la guerra electrónica entre Gobiernos o activistas.

“El EES es parecido a otros grupos como los que se pueden encontrar en Bahréin, Egipto, Marruecos. Con una salvedad: cuentan con la indisimulada aprobación del Gobierno sirio, si es que no están directamente vinculados con él”, explica Jillian C. York, directora del Instituto por la Libertad de Expresión Internacional en la Fundación Electronic Frontier de San Francisco. “Sus servidores solían estar en la Sociedad Informática Siria, que presidía el presidente Bachar el Asad en los noventa. Y su régimen ha reconocido al EES como su ejército virtual en el ciberespacio”.

El objetivo del EES es, efectivamente, alinear las noticias que Occidente recibe de Siria con la visión del régimen de El Asad: que la rebelión que enfrenta al pueblo con su Gobierno es, en realidad, una insurgencia terrorista. A tal fin, amén de hackear webs de quienes consideran sus enemigos para publicar su información, el EES ha estado infiltrándose en las cuentas de Twitter de varias organizaciones periodísticas, generalmente para difundir en ellas enlaces de sospechosa veracidad. Solo en el último año le ha ocurrido a la cadena CBS, la radio pública NPR, la BBC y a algunas cuentas del diario The Guardian durante este mismo fin de semana. También han penetrado en la cuenta de la cadena ABC para divulgar una noticia titulada Vivo en Siria, amor a Bachar el Asad. O en las cuentas de la FIFA y su presidente, Joseph Blatter, para publicar tuits en los que acusaba al directivo de corrupción.

De ser suyo el ataque sufrido por la agencia de noticias AP, no solo sería el más grande que hayan cometido, sino el primero abiertamente malicioso. Lo que deja a las instituciones afectadas en una posición especialmente vulnerable es que es imposible determinar si es un triunfo aislado o el comienzo de una escalada en sus filas. “Está claro que el EES no centraliza sus acciones, al igual que Anonymous [el sello bajo el que se amparan varios grupos de activistas online para justificar reivindicaciones impulsadas individualmente]”, prosigue York. Y opina: “El objetivo tras este hackeo parece ser el de llamar la atención sobre su causa. De la misma forma que un atentado terrorista que se comete en un país del Tercer Mundo atrae la atención sobre la causa de sus autores”.

Quizá lo más inquietante es que, pese al impacto que tuvo el ataque en los mercados, fue una operación llamativamente simple. Mike Baker, un redactor de Associated Press, tuiteó una posible teoría al poco de producirse: “Hace menos de una hora, algunos de nosotros [los trabajadores de la agencia] habíamos recibido correo de phishing pasmosamente encubierto”. La técnica del phishing no requiere de tecnología avanzada. Consiste en hacerle llegar a alguien un correo con un enlace y convencerle de que pinche en él. Para ello se suelen disfrazar los correos con argucias como logotipos falsos y fines oficiales que hagan parecer que el usuario no tiene alternativa. Una vez pinchado el enlace, el hacker puede forzar que se instale un software y acceder, así, al ordenador en cuestión. Correos así se escriben a diario con fines mucho más modestos.

Claro que el tamaño no es algo que importe en Twitter. Hackear la cuenta de una de las fuentes de información más reputadas del mundo no es más difícil que hacerlo en la de un usuario corriente. Hace tiempo que las grandes empresas y los expertos en seguridad lamentan esta situación. Google y Facebook ofrecen, desde hace años, una alternativa: una segunda clave de seguridad para las cuentas grandes que dificulta el pirateo de forma probada. Apple hizo lo mismo en marzo y Microsoft, la semana pasada. “Es algo muy extendido. Pero hay costes como exasperar al usuario”, explicaba hace poco Mark Risher, cofundador de Imperium, una empresa que asesora a las redes sociales, a The New York Times en un reportaje sobre el tema. “Puedes llenar la puerta principal de cerrojos, pero ya verás cómo te desesperan cada vez que vayas a hacer la compra”.

Todo esto es el resultado de una noticia. Falsa, pero aireada por una cabecera profesional. Y Gillmor encuentra en el aspecto periodístico del acontecimiento una fábula sobre el poder de los bulos en la era digital: una empresa periodística, que ya de por sí va a la carrera para gestionar un volumen creciente de información a gran rapidez, y que ya de por sí es vulnerable a los hackers, se suma a una plataforma aún más vulnerable. El resultado, prosigue, es un bulo indistinguible de la información real que provoca un desplome bursátil en cuestión de segundos y el intercambio de miles de millones de euros. “Algo así volverá pasar; será un hackeo o será un fallo proveniente de la empresa periodística”, alerta. “El público tiene que asumir su trabajo; ejercer su capacidad para no ser engañado y no sumarse a la inmediatez de los medios y mantenerse escépticos porque estos fallos son inevitables”.

Las 12 palabras del tuit podrían haber estado diseñadas para asustar a los logaritmos de Wall Street en nanosegundos. Pero fue la reacción humana de los brókeres lo que reencauzó el drama. Con los lectores, a final de cuentas únicos seres invariablemente humanos en la era digital, pasa lo mismo. “El poder de detener los bulos está en ellos”.

FUENTE

Culpables por crédulos

El martes pasado fue un día relativamente normal en Estados Unidos hasta las 13.07, y lo siguió siendo un cuarto de hora después. Lo que pasó entremedias, durante 360 inexplicables segundos, tiene pocos precedentes en la historia de la primera potencia mundial. A las 13.07, hora estadounidense, la agencia de información Associated Press anunció en su cuenta de Twitter: “Última hora: dos explosiones en la Casa Blanca y el presidente Obama está herido”. Eran solo 12 palabras, pero ninguna invitaba a la calma. A las 13.08, la Bolsa de Nueva York reaccionó con pánico y de forma instantánea a la noticia, debido al peso que tienen las operaciones realizadas por ordenadores en Wall Street. Los autómatas, que ya realizan el 50% de las operaciones en el parqué neoyorquino, usan programas algorítmicos que solo se atienen a series estadísticas y datos. No tienen capacidad para verificar las informaciones. El Dow Jones, el índice bursátil más importante del mundo, llegó a desplomarse un 1% en cuestión de segundos. A las 13.09, empezó a circular el rumor de que el tuit de Associated Press era falso. A las 13.13, las órdenes de venta de títulos pararon. El Dow Jones recuperó los puntos perdidos y las cosas volvieron a la normalidad.

Solo que no era la misma normalidad que antes. El incidente había tenido un origen tangible: alguien había pirateado la cuenta de Twitter de Associated Press y había publicado el tuit que sembró el caos en los mercados. Algo aparentemente fácil de repetir. Los hechos pusieron además en evidencia los puntos flacos de varias instituciones. Por ponerlo en perspectiva: alguien había irrumpido en una de las cuentas informativas con mayor credibilidad de la red para noticias de última hora; había cobrado la voz de una de las agencias más respetadas del mundo; había hecho creer a varias personas que la mismísima Casa Blanca estaba en peligro y el político más influyente del planeta, herido. Y había hecho que Wall Street se comportara, al menos durante unos momentos, como si todo aquello fuera verdad.

“Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad. El público, los periodistas y los responsables de las plataformas sobre las que se propagó el rumor”, recrimina Dan Gillmor, profesor de información digital en la Universidad de Arizona y respetado analista de medios digitales gracias a sus columnas de The Guardian y a libros como Nosotros, el medio. “Algunos más que otros. El público, en particular, es culpable de una falta de escepticismo”.

Esto es cierto en lo que toca a la parte social de la historia. Pero la parte más peligrosa y palpable del suceso se caracteriza por una irremediable ausencia de inteligencia humana: los inversores que entraron en pánico y desestabilizaron los mercados durante cuatro minutos no eran personas, sino ordenadores. Máquinas mucho más avanzadas que las que llevan décadas cotejando miles de datos para ayudar a los brókeres a dirimir qué vender y qué comprar. Inteligencias, en definitiva, más agresivas y más inestables. “Lo del martes lo provocaron algoritmos diseñados para leer e interpretar noticias”, explica Irene Aldridge, consultora de fondos de inversión y autora del libro ‘Transacciones de alta frecuencia, una guía sobre este tipo de transacciones algorítmicas’. “A un ordenador le resulta legible casi todo lo que se publica en la Red, así que es fácil enseñarle a reaccionar a asuntos de última hora. La agencia Reuters y Dow Jones venden, con gran éxito, un suministro constante de noticias de las que estos algoritmos pueden sonsacar el qué, el dónde, el quién y el cómo y reaccionar como se les haya programado”.

Hace unos años irrumpió una novedad: el suministro de noticias de Reuters amplió sus fuentes a cuatro millones de páginas provenientes de redes sociales. Ahí están, al fin y al cabo, las noticias más recientes hoy en día. Los ordenadores necesitaban guiarse por ellas. Pero también pueden dejarse llevar por sus mentiras.

Wall Street no es ajena a los bulos. A finales de 2000, un hombre llamado Mark Simeon Jakob fue encarcelado por fraude tras inventarse un comunicado de prensa de apariencia creíble contra la empresa Emulex. Su actuación costó 110 millones de dólares (84 millones de euros) a los inversores. Y un rumor sobre la posible muerte de Steve Jobs originado en 2008, tres años antes del verdadero deceso, en uno de los foros de periodistas urbanos de la web de CNN provocó que el valor de Apple se desplomara durante 12 minutos. Pero nunca tanta gente había actuado como si una mentira tan grande fuese verdad. “Es el clásico compra con el rumor y vende con la noticia”, señala Salvador Mas, director general de OpenFinance, una empresa de software financiero. “Los buscadores todavía no saben diferenciar una broma de un acontecimiento y reaccionan de igual manera ante todo: compran o venden. Lo más lógico es programarlo para que reaccione a palabras como Casa Blanca, explosión, Obama o herido. Con esto, unos empiezan a vender acciones y otros, programados para vender las suyas cuando un valor descienda hasta un cierto número, siguen cavando el hoyo en el gráfico. Visto así, el tuit estaba claramente diseñado para engañar a las máquinas”.

Esta obra maestra de la fechoría electrónica no tiene todavía autor confirmado. Solo una cuenta ha reclamado su autoría, que tendrá que confirmar una de las tres agencias federales a las que se ha encargado la investigación: @Official_SEA6, la sexta intentona de un colectivo de avezados hackers llamado Ejército Electrónico Sirio (EES) de permanecer en Twitter tras ser bloqueados cinco veces por la red social. El bloqueo es algo común en cuentas como las suyas, dedicadas a la guerra electrónica entre Gobiernos o activistas.

“El EES es parecido a otros grupos como los que se pueden encontrar en Bahréin, Egipto, Marruecos. Con una salvedad: cuentan con la indisimulada aprobación del Gobierno sirio, si es que no están directamente vinculados con él”, explica Jillian C. York, directora del Instituto por la Libertad de Expresión Internacional en la Fundación Electronic Frontier de San Francisco. “Sus servidores solían estar en la Sociedad Informática Siria, que presidía el presidente Bachar el Asad en los noventa. Y su régimen ha reconocido al EES como su ejército virtual en el ciberespacio”.

El objetivo del EES es, efectivamente, alinear las noticias que Occidente recibe de Siria con la visión del régimen de El Asad: que la rebelión que enfrenta al pueblo con su Gobierno es, en realidad, una insurgencia terrorista. A tal fin, amén de hackear webs de quienes consideran sus enemigos para publicar su información, el EES ha estado infiltrándose en las cuentas de Twitter de varias organizaciones periodísticas, generalmente para difundir en ellas enlaces de sospechosa veracidad. Solo en el último año le ha ocurrido a la cadena CBS, la radio pública NPR, la BBC y a algunas cuentas del diario The Guardian durante este mismo fin de semana. También han penetrado en la cuenta de la cadena ABC para divulgar una noticia titulada Vivo en Siria, amor a Bachar el Asad. O en las cuentas de la FIFA y su presidente, Joseph Blatter, para publicar tuits en los que acusaba al directivo de corrupción.

De ser suyo el ataque sufrido por la agencia de noticias AP, no solo sería el más grande que hayan cometido, sino el primero abiertamente malicioso. Lo que deja a las instituciones afectadas en una posición especialmente vulnerable es que es imposible determinar si es un triunfo aislado o el comienzo de una escalada en sus filas. “Está claro que el EES no centraliza sus acciones, al igual que Anonymous [el sello bajo el que se amparan varios grupos de activistas online para justificar reivindicaciones impulsadas individualmente]”, prosigue York. Y opina: “El objetivo tras este hackeo parece ser el de llamar la atención sobre su causa. De la misma forma que un atentado terrorista que se comete en un país del Tercer Mundo atrae la atención sobre la causa de sus autores”.

Quizá lo más inquietante es que, pese al impacto que tuvo el ataque en los mercados, fue una operación llamativamente simple. Mike Baker, un redactor de Associated Press, tuiteó una posible teoría al poco de producirse: “Hace menos de una hora, algunos de nosotros [los trabajadores de la agencia] habíamos recibido correo de phishing pasmosamente encubierto”. La técnica del phishing no requiere de tecnología avanzada. Consiste en hacerle llegar a alguien un correo con un enlace y convencerle de que pinche en él. Para ello se suelen disfrazar los correos con argucias como logotipos falsos y fines oficiales que hagan parecer que el usuario no tiene alternativa. Una vez pinchado el enlace, el hacker puede forzar que se instale un software y acceder, así, al ordenador en cuestión. Correos así se escriben a diario con fines mucho más modestos.

Claro que el tamaño no es algo que importe en Twitter. Hackear la cuenta de una de las fuentes de información más reputadas del mundo no es más difícil que hacerlo en la de un usuario corriente. Hace tiempo que las grandes empresas y los expertos en seguridad lamentan esta situación. Google y Facebook ofrecen, desde hace años, una alternativa: una segunda clave de seguridad para las cuentas grandes que dificulta el pirateo de forma probada. Apple hizo lo mismo en marzo y Microsoft, la semana pasada. “Es algo muy extendido. Pero hay costes como exasperar al usuario”, explicaba hace poco Mark Risher, cofundador de Imperium, una empresa que asesora a las redes sociales, a The New York Times en un reportaje sobre el tema. “Puedes llenar la puerta principal de cerrojos, pero ya verás cómo te desesperan cada vez que vayas a hacer la compra”.

Todo esto es el resultado de una noticia. Falsa, pero aireada por una cabecera profesional. Y Gillmor encuentra en el aspecto periodístico del acontecimiento una fábula sobre el poder de los bulos en la era digital: una empresa periodística, que ya de por sí va a la carrera para gestionar un volumen creciente de información a gran rapidez, y que ya de por sí es vulnerable a los hackers, se suma a una plataforma aún más vulnerable. El resultado, prosigue, es un bulo indistinguible de la información real que provoca un desplome bursátil en cuestión de segundos y el intercambio de miles de millones de euros. “Algo así volverá pasar; será un hackeo o será un fallo proveniente de la empresa periodística”, alerta. “El público tiene que asumir su trabajo; ejercer su capacidad para no ser engañado y no sumarse a la inmediatez de los medios y mantenerse escépticos porque estos fallos son inevitables”.

Las 12 palabras del tuit podrían haber estado diseñadas para asustar a los logaritmos de Wall Street en nanosegundos. Pero fue la reacción humana de los brókeres lo que reencauzó el drama. Con los lectores, a final de cuentas únicos seres invariablemente humanos en la era digital, pasa lo mismo. “El poder de detener los bulos está en ellos”.

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Culpables por crédulos

El martes pasado fue un día relativamente normal en Estados Unidos hasta las 13.07, y lo siguió siendo un cuarto de hora después. Lo que pasó entremedias, durante 360 inexplicables segundos, tiene pocos precedentes en la historia de la primera potencia mundial. A las 13.07, hora estadounidense, la agencia de información Associated Press anunció en su cuenta de Twitter: “Última hora: dos explosiones en la Casa Blanca y el presidente Obama está herido”. Eran solo 12 palabras, pero ninguna invitaba a la calma. A las 13.08, la Bolsa de Nueva York reaccionó con pánico y de forma instantánea a la noticia, debido al peso que tienen las operaciones realizadas por ordenadores en Wall Street. Los autómatas, que ya realizan el 50% de las operaciones en el parqué neoyorquino, usan programas algorítmicos que solo se atienen a series estadísticas y datos. No tienen capacidad para verificar las informaciones. El Dow Jones, el índice bursátil más importante del mundo, llegó a desplomarse un 1% en cuestión de segundos. A las 13.09, empezó a circular el rumor de que el tuit de Associated Press era falso. A las 13.13, las órdenes de venta de títulos pararon. El Dow Jones recuperó los puntos perdidos y las cosas volvieron a la normalidad.

Solo que no era la misma normalidad que antes. El incidente había tenido un origen tangible: alguien había pirateado la cuenta de Twitter de Associated Press y había publicado el tuit que sembró el caos en los mercados. Algo aparentemente fácil de repetir. Los hechos pusieron además en evidencia los puntos flacos de varias instituciones. Por ponerlo en perspectiva: alguien había irrumpido en una de las cuentas informativas con mayor credibilidad de la red para noticias de última hora; había cobrado la voz de una de las agencias más respetadas del mundo; había hecho creer a varias personas que la mismísima Casa Blanca estaba en peligro y el político más influyente del planeta, herido. Y había hecho que Wall Street se comportara, al menos durante unos momentos, como si todo aquello fuera verdad.

“Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad. El público, los periodistas y los responsables de las plataformas sobre las que se propagó el rumor”, recrimina Dan Gillmor, profesor de información digital en la Universidad de Arizona y respetado analista de medios digitales gracias a sus columnas de The Guardian y a libros como Nosotros, el medio. “Algunos más que otros. El público, en particular, es culpable de una falta de escepticismo”.

Esto es cierto en lo que toca a la parte social de la historia. Pero la parte más peligrosa y palpable del suceso se caracteriza por una irremediable ausencia de inteligencia humana: los inversores que entraron en pánico y desestabilizaron los mercados durante cuatro minutos no eran personas, sino ordenadores. Máquinas mucho más avanzadas que las que llevan décadas cotejando miles de datos para ayudar a los brókeres a dirimir qué vender y qué comprar. Inteligencias, en definitiva, más agresivas y más inestables. “Lo del martes lo provocaron algoritmos diseñados para leer e interpretar noticias”, explica Irene Aldridge, consultora de fondos de inversión y autora del libro ‘Transacciones de alta frecuencia, una guía sobre este tipo de transacciones algorítmicas’. “A un ordenador le resulta legible casi todo lo que se publica en la Red, así que es fácil enseñarle a reaccionar a asuntos de última hora. La agencia Reuters y Dow Jones venden, con gran éxito, un suministro constante de noticias de las que estos algoritmos pueden sonsacar el qué, el dónde, el quién y el cómo y reaccionar como se les haya programado”.

Hace unos años irrumpió una novedad: el suministro de noticias de Reuters amplió sus fuentes a cuatro millones de páginas provenientes de redes sociales. Ahí están, al fin y al cabo, las noticias más recientes hoy en día. Los ordenadores necesitaban guiarse por ellas. Pero también pueden dejarse llevar por sus mentiras.

Wall Street no es ajena a los bulos. A finales de 2000, un hombre llamado Mark Simeon Jakob fue encarcelado por fraude tras inventarse un comunicado de prensa de apariencia creíble contra la empresa Emulex. Su actuación costó 110 millones de dólares (84 millones de euros) a los inversores. Y un rumor sobre la posible muerte de Steve Jobs originado en 2008, tres años antes del verdadero deceso, en uno de los foros de periodistas urbanos de la web de CNN provocó que el valor de Apple se desplomara durante 12 minutos. Pero nunca tanta gente había actuado como si una mentira tan grande fuese verdad. “Es el clásico compra con el rumor y vende con la noticia”, señala Salvador Mas, director general de OpenFinance, una empresa de software financiero. “Los buscadores todavía no saben diferenciar una broma de un acontecimiento y reaccionan de igual manera ante todo: compran o venden. Lo más lógico es programarlo para que reaccione a palabras como Casa Blanca, explosión, Obama o herido. Con esto, unos empiezan a vender acciones y otros, programados para vender las suyas cuando un valor descienda hasta un cierto número, siguen cavando el hoyo en el gráfico. Visto así, el tuit estaba claramente diseñado para engañar a las máquinas”.

Esta obra maestra de la fechoría electrónica no tiene todavía autor confirmado. Solo una cuenta ha reclamado su autoría, que tendrá que confirmar una de las tres agencias federales a las que se ha encargado la investigación: @Official_SEA6, la sexta intentona de un colectivo de avezados hackers llamado Ejército Electrónico Sirio (EES) de permanecer en Twitter tras ser bloqueados cinco veces por la red social. El bloqueo es algo común en cuentas como las suyas, dedicadas a la guerra electrónica entre Gobiernos o activistas.

“El EES es parecido a otros grupos como los que se pueden encontrar en Bahréin, Egipto, Marruecos. Con una salvedad: cuentan con la indisimulada aprobación del Gobierno sirio, si es que no están directamente vinculados con él”, explica Jillian C. York, directora del Instituto por la Libertad de Expresión Internacional en la Fundación Electronic Frontier de San Francisco. “Sus servidores solían estar en la Sociedad Informática Siria, que presidía el presidente Bachar el Asad en los noventa. Y su régimen ha reconocido al EES como su ejército virtual en el ciberespacio”.

El objetivo del EES es, efectivamente, alinear las noticias que Occidente recibe de Siria con la visión del régimen de El Asad: que la rebelión que enfrenta al pueblo con su Gobierno es, en realidad, una insurgencia terrorista. A tal fin, amén de hackear webs de quienes consideran sus enemigos para publicar su información, el EES ha estado infiltrándose en las cuentas de Twitter de varias organizaciones periodísticas, generalmente para difundir en ellas enlaces de sospechosa veracidad. Solo en el último año le ha ocurrido a la cadena CBS, la radio pública NPR, la BBC y a algunas cuentas del diario The Guardian durante este mismo fin de semana. También han penetrado en la cuenta de la cadena ABC para divulgar una noticia titulada Vivo en Siria, amor a Bachar el Asad. O en las cuentas de la FIFA y su presidente, Joseph Blatter, para publicar tuits en los que acusaba al directivo de corrupción.

De ser suyo el ataque sufrido por la agencia de noticias AP, no solo sería el más grande que hayan cometido, sino el primero abiertamente malicioso. Lo que deja a las instituciones afectadas en una posición especialmente vulnerable es que es imposible determinar si es un triunfo aislado o el comienzo de una escalada en sus filas. “Está claro que el EES no centraliza sus acciones, al igual que Anonymous [el sello bajo el que se amparan varios grupos de activistas online para justificar reivindicaciones impulsadas individualmente]”, prosigue York. Y opina: “El objetivo tras este hackeo parece ser el de llamar la atención sobre su causa. De la misma forma que un atentado terrorista que se comete en un país del Tercer Mundo atrae la atención sobre la causa de sus autores”.

Quizá lo más inquietante es que, pese al impacto que tuvo el ataque en los mercados, fue una operación llamativamente simple. Mike Baker, un redactor de Associated Press, tuiteó una posible teoría al poco de producirse: “Hace menos de una hora, algunos de nosotros [los trabajadores de la agencia] habíamos recibido correo de phishing pasmosamente encubierto”. La técnica del phishing no requiere de tecnología avanzada. Consiste en hacerle llegar a alguien un correo con un enlace y convencerle de que pinche en él. Para ello se suelen disfrazar los correos con argucias como logotipos falsos y fines oficiales que hagan parecer que el usuario no tiene alternativa. Una vez pinchado el enlace, el hacker puede forzar que se instale un software y acceder, así, al ordenador en cuestión. Correos así se escriben a diario con fines mucho más modestos.

Claro que el tamaño no es algo que importe en Twitter. Hackear la cuenta de una de las fuentes de información más reputadas del mundo no es más difícil que hacerlo en la de un usuario corriente. Hace tiempo que las grandes empresas y los expertos en seguridad lamentan esta situación. Google y Facebook ofrecen, desde hace años, una alternativa: una segunda clave de seguridad para las cuentas grandes que dificulta el pirateo de forma probada. Apple hizo lo mismo en marzo y Microsoft, la semana pasada. “Es algo muy extendido. Pero hay costes como exasperar al usuario”, explicaba hace poco Mark Risher, cofundador de Imperium, una empresa que asesora a las redes sociales, a The New York Times en un reportaje sobre el tema. “Puedes llenar la puerta principal de cerrojos, pero ya verás cómo te desesperan cada vez que vayas a hacer la compra”.

Todo esto es el resultado de una noticia. Falsa, pero aireada por una cabecera profesional. Y Gillmor encuentra en el aspecto periodístico del acontecimiento una fábula sobre el poder de los bulos en la era digital: una empresa periodística, que ya de por sí va a la carrera para gestionar un volumen creciente de información a gran rapidez, y que ya de por sí es vulnerable a los hackers, se suma a una plataforma aún más vulnerable. El resultado, prosigue, es un bulo indistinguible de la información real que provoca un desplome bursátil en cuestión de segundos y el intercambio de miles de millones de euros. “Algo así volverá pasar; será un hackeo o será un fallo proveniente de la empresa periodística”, alerta. “El público tiene que asumir su trabajo; ejercer su capacidad para no ser engañado y no sumarse a la inmediatez de los medios y mantenerse escépticos porque estos fallos son inevitables”.

Las 12 palabras del tuit podrían haber estado diseñadas para asustar a los logaritmos de Wall Street en nanosegundos. Pero fue la reacción humana de los brókeres lo que reencauzó el drama. Con los lectores, a final de cuentas únicos seres invariablemente humanos en la era digital, pasa lo mismo. “El poder de detener los bulos está en ellos”.

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El ‘hacker’ holandés detenido en Barcelona se declara antijudío

Sven Olaf Kamphuis vivía en un piso repleto de cables, cajas, ordenadores y diversas golosinas tecnológicas. Cuando los agentes le detuvieron, el jueves pasado a las doce del mediodía, tenía la cama deshecha, y sobre el nórdico seguía abierto un ejemplar de la novela Quicksilver, del autor de ciencia ficción especializado en tecnología Neal Stephenson.

El hacker detenido en Granollers (Barcelona), al que se atribuye el mayor ataque informático de denegación de servicios (DDOS) y que se presentó ante la policía como “ministro de Telecomunicaciones y Asuntos Exteriores de la República del Cyberbunker” ha aceptado su extradición a Holanda, según informaron fuentes jurídicas a la agencia Europa Press.

Sven Olaf Kamphuis, de 35 años y natural de Alkmaar (Holanda), fue arrestado el jueves en Granollers (Barcelona) y compareció este sábado ante el juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz, que le envió a prisión mientras se tramita su entrega a su país de origen, que podría concretarse en un plazo de diez días.

Sven Olaf Kamphuis deja rastro por donde pasa. La última vez que escribió en su cuenta de Facebook, con lugar de residencia en Barcelona, fue el 24 de abril. Ha puesto un “me gusta” en esta página de apoyo al presunto terrorista de Boston, que causó tres muertesv y más d eun centenar de heridos. El hacker holandés asegura que es inocente.

A través de su página en Facebook y en Youtube se sabe que apoya la legalización de la marihuana con fines médicos; también le gusta la música heavy alemana., y no le gustan los judíos, los luditas y la autoridad.

El pirata informático, que aseguró tras su detención ser diplomático, está acusado de llevar a cabo una ofensiva que ralentizó y colapsó Internet en todo el mundo, según informó el Cuerpo Nacional de Policía.

La investigación se inició en marzo cuando las autoridades holandesas detectaron una serie de ataques contra una compañía antispam, que también afectaron a las redes en Estados Unidos y Reino Unido.

Los agentes localizaron al supuesto autor en Granollers y constataron que había estado viajando por España con una furgoneta que utilizaba como oficina informática móvil, dotada de antenas para escanear frecuencias. Sven Olaf Kamphuis es hombre de principios: se declara fan de la furgoneta Mercedes Benz 508, casualmente el mismo modelo de vehículo con el que fue detenido. En marzo, según detalla en su Facebook, sufrió una avería.

Su arresto responde a la ejecución de una orden de detención europea por la que también se registró su domicilio, un “auténtico búnker informático” en el que se intervinieron dos portátiles y documentación, y desde donde incluso concedió entrevistas a medios de comunicación internacionales a raíz de sus ataques informáticos.

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